La primera semana la pasé llorando en tus brazos mientras el resto de compañeros nos miraban, o eso tengo entendido. Pero yo no lo recuerdo, solo recuerdo momentos puntuales, todos ellos felices.
Almorzábamos en clase y después salíamos al patio. En el patio jugábamos a "gueopardos", papás y mamás, movíamos las ruedas esparcidas por el patio, íbamos a los columpios o cogíamos lombrices, conducíamos el autobús hasta Zaragoza y veíamos como dos de nuestra clase se daban besitos mientras los contaban. Cuando sonaba el timbre chillábamos e íbamos corriendo a la fila.
Tú siempre ibas perfecta, tu bata sin arrugas, tu pelo sin moverse a pesar del trabajo que te dábamos, el pintalabios rojo que a veces también te pintaba los dientes, tu colonia, esos pendientes tan llamativos y esa sonrisa tan... de maestra.
En clase teníamos punzones, y cómo cansaba la mano... Pinturas en botes enormes que olían genial, animalitos de plástico, láminas pegadas por toda la clase, el tren con los días de la semana y el nombre del maquinista, la tarta de cumpleaños con todas nuestras fotos, cuentos en un rincón, un armario para los abrigos, el suelo con las figuras de cada uno marcadas con cinta roja, las mesas verdes y las sillas pequeñitas, la pizarra de tiza con la fecha que cambiabas todos los días,... Aquello era un palacio.
Un día, cerca de las vacaciones de Navidad, unos cuantos acordamos hacernos los dormidos para no salir al patio con ese frío. Cuando los compañeros y tú os fuisteis, cogimos nuestras panderetas y dimos vueltas por toda la clase. Al volver, nos hicimos los dormidos de nuevo.
Y aquel día que cazamos mariposas con las manos, fuimos a enseñártela como un tesoro y al abrir las manos... la mariposa escapó, no sin antes pringarnos las manos.
Las chicas siempre nos preguntábamos cómo podías cruzar las piernas tan fácilmente cuando te sentabas e intentábamos imitarte, pero claro, sin éxito. Ojalá nos quedásemos toda la vida con esa curiosidad de la infancia, con los pequeños detalles de todo, sería un mundo mejor.
Las fiestas del colegio eran lo mejor. Venía Gorgorito, pintábamos con los dedos en la calle, había música, papás y mamás, globos, disfraces,... que vida más feliz.
Crecimos y pasamos al deseado patio de los mayores pero a pesar de ello... nada más verte íbamos corriendo a abrazarte. Conforme fueron pasando los años, los abrazos eran menos y la avalancha de niños corriendo hacia ti se fue reduciendo.
Después llegó tu jubilación, nosotros ya íbamos a 6º de Primaria y tú te ibas del colegio después de 25 años en él. Era el día de la Paz, tú viste el espectáculo en el patio desde la clase más cercana y vi como llorabas.
Seis años después cuando tuve que elegir qué estudiar, no lo dudé. Quizá fue esa sonrisa cuando estabas con tus pequeños y ese llanto al final de tu carrera lo que hizo que yo quiera ser maestra, como tú.
Supongo que a pesar de todo lo que pueda aprender estos años en la carrera, no habrá mejor aprendizaje que el recuerdo de tu entusiasmo día tras día.
... y lo mejor de todo, cada vez que nos vemos aún nos abrazamos como el primer día de colegio.

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