Te
voy a confiar un secreto.
Hay
una escuela donde no se aprende a deletrear, sino a cabalgar sobre
ciervos.
No
a medir las carreras del cronómetro no los saltos con cinta métrica,
sino a bailar sobre el alambre.
No
se aprende a bajar la cabeza ni a mirar de reojo al maestro, sino a
domar monstruos.
Tampoco
a balbucear textos, sino a reconocer huellas de hadas.
Y
nada de que dos y dos son cuatro y que la hora tiene sesenta minutos,
sino a hacer magia y a soñar.
No
a estar sentado, en las bellas mañanas de primavera, en un aula que
huele a trapo de pizarra y a ropa sudada, sino a oler como las
flores.
No
a pedir buenas notas y temblar cuando van a ser entregadas, sino a
caminar sobre el agua.
Allí
tampoco se aprende que luna empieza con l, estrella se escribe con
ll, y que lobo tiene una b, sino a hablar el lenguaje de los
animales.
No
a estar sentado inmóvil y con la boca cerrada, sino a vivir en los
árboles.
Y
mucho menos a empujar a los demás: «¡Largo! ¡Yo primero!», sino
a consolar a las personas tristes.
Anónimo

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