Empezaba a hacerse tarde, tenía que
levantarse e ir a trabajar. Le gustaba su trabajo, disfrutaba de él.
Pocos pueden decir que su trabajo consiste en dar luz y calor a las
personas, dudo que alguien pueda afirmar que su labor es iluminar la
vida de todos y cada uno de los habitantes de este mundo.
Aunque para él no era trabajo, era una
forma de vida y así era feliz.
Pero no todo eran buenos momentos, en
invierno recibía muchas quejas, a veces decían que no hacía bien
su trabajo, otras que se ausentaba durante unos meses sin avisar. Él
lo hacía lo mejor que podía, pero a veces las nubes se lo impedían,
eran la competencia.
Por fin se levantó y comenzó poco a
poco con su jornada. Se asomó timidamente por las montañas, como si
temiera que durante la noche la Luna se la hubiera jugado, comenzó a
aparecer por el horizonte entre el mar y el cielo, dando los buenos
días a los pequeños pececillos, pasó también entre rascacielos
despertando a los humanos, sin olvidarse de las dunas doradas, los
ríos y las llanuras. Vió que todo estaba igual que como lo dejó,
algún llanto desconsolado y un par de problemas sin resolver al
Norte, desorientación al Sur, nuevas oportunidades al Oeste y un
camino que seguir hacia el Este. Esos días sabía que el mundo
necesitaba de él, bueno, quizás no el mundo, pero sí un pequeño
pedazo de él situado en un punto determinado del planeta.
Se acercó hacia el lugar y, tal y como
esperaba, encontró sobre la roca a su pequeña salamandra. Ojos
cerrados, boca seca, estirada, inmovilizada, descansaba. Le acarició
con sus rayos y ella respondió con un pequeño cambio de postura.
- ¿Dónde te habías metido? -
pregunta Salamandra
- He estado aquí, todos estos días.
- ¿Y por qué yo no te he visto?
- Llevas tres semanas con la cabeza
enterrada en la tierra, no me podías ver.
- Pero te sentía.
- Lo sé, por eso no he faltado ni
un día.
- ¿Algún día faltaras?
- Puede. Ya sabes, las nubes a veces
son más fuertes que yo. Pero estaré detrás de ellas, no lo dudes.
Salamandra temía el invierno. Si algo
le hacía sacar la cabeza de debajo de la tierra era su amigo Sol y
pensar que en unos meses tendría que prescindir de él le hacía
temblar.
- Puede que para entonces no me
necesites – dijo su amigo como si supiera leer el pensamiento.
Pero no, todo el mundo le necesitaba,
las plantas para vivir, los humanos para llevar ese ritmo de vida tan
agobiante, los mares para lucirse bajo el cielo, hasta los caracoles para salir de sus escondites.
- A veces pienso que no te valoras
lo suficiente – dijo serio
- ¿Y qué es valorarse? Dímelo,
¿qué es lo que entiendes por valorarse a uno mismo?
-No dejarse pisar una y otra vez.
Levantarse y decir: soy yo, aquí estoy, nada podrá conmigo. ¿Es
que tú no lo entiendes así?
- No. Para mí es recordar que hay
vida después de los malos momentos pero sin darse prisa en
conseguirlo, no olvidar que de tu sonrisa dependen las alegrías de
otros y que si son de verdad, no dejarán de esperar a que la
sonrisa sea sincera. Para mí valorarse es respetar los propios
sentimientos, seguir los impulsos de cada momento y no fallarse a
uno mismo actuando de forma predeterminada. Es darse el tiempo
necesario para las cosas necesarias.
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