Recuerdo que hacía mucho calor, claro, era Agosto. Llevábamos un par de horas allí y aún no me lo creía. Estábamos deseando salir de casa para ir a la playa, sentir la arena y bañarnos a los pies del castillo. Después de una buena espera bajamos a la calle, pasamos el parque, el puente del estanque, subimos la calle llena de chiringuitos y salimos a la calle principal. Ahí estaba el castillo, la playa, las tiendas, las palmeras, la oficina de turismo, todo seguía ahí después de tantos años.
Nos dirigimos a la playa, dejamos las toallas y nos metidos directamente al mar. El sol, las olas, el castillo, la compañía, la alegría de estar allí... fue un baño inolvidable.
A esto le siguieron otros tantos momentos especiales: las cenas, las siestas después de comer, los paseos nocturnos por el pueblo y la playa, los chiringuitos, los pinchos gratis, las calles empedradas, las tormentas de verano, los rayos, el patinete, los pulpos, ...
¿Cómo puede salir un viaje tan perfecto?
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