Se notaba cansando,
cansado de todo. A sus 23 años no tenía la energía que se espera
de los jóvenes. Tenía ideas en mente, ideas muy buenas, aunque él
no lo supiera, pero nunca las llevaba a cabo. A veces por miedo,
otras por pereza. Siempre quedaban en el banquillo y poco a poco iban
siendo olvidadas.
Nunca tuvo a alguien que
le enseñara el poder de las ganas y el esfuerzo, nadie le dijo nunca
que los imposibles son un invento del ritmo de vida que lleva la
humanidad. No tuvo un padre que le impulsara a cumplir sus sueños,
en lugar de eso le convencieron para estudiar algo que tuviera
salidas. Se equivocaron, como tanto otros. Ahora que nada tenía
salidas, ni entradas; ahora que todo era cuestión de suerte; ahora
que necesitaba esfuerzo y motivación para cumplir sus sueños.... ya
no los tenía.
Así que ahí estaba él,
con sus estudios terminados. Esos estudios que le iban a dar un
trabajo nada más terminar y que ahora no valían para nada. Se sentó
sobre la roca en el cauce del río seco y cerró los ojos. Los
pájaros piaban, como si quisieran revelarle
el secreto mejor guardado del mundo.
Se quedó dormido entre
las hojas. Al despertar entendió que en este mundo ya no valen los
papeles que certifiquen que has hecho unos estudios. Se busca
originalidad, ser diferente, destacar entre la multitud, justamente
aquello para lo que no hemos sido preparados.
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